A diferencia de lo que le ocurría al supersticioso Jaime Massó en El árbol de la ciencia, quien como rastro soltaba un hilo invisible que no se debía romper y por ello salía y entraba siempre por el mismo sitio, Lorenzo Perfectti me contó que, a veces, tenía la sensación de que ese mismo hilo tiraba de él y lo conducía hacia uno u otro destino. Su problema radicaba cuando el ovillo se terminaba y una madeja de pensamientos le hacía dudar.