En un rincón de la casa hay un gran tazón lleno de aceite usado. Sobre ese negro mar, como veleros nocturnos, navegan varías lamparillas encendidas. Una por cada familiar difunto. Cada año se repite el ritual. Los que se fueron vienen a beber de las llamas de las ‘mariposas’ y se reúnen en derredor de ellas. Los imagino de vuelta a la casa que habitaron y en la que vivieron penas y alegrías; los oigo charlar de los asuntos diarios como cuando se congregaban en la mesa camilla. Un día seremos como una de esas pequeñas lenguas de fuego. Después nada.
Rosi — 03-11-2005