Elsa tiene una cierta fatalidad para los hombres. Los busca de un estilo que no le va nada. Lo sabe pero insiste porque dice que no puede resistirse a ello. Repite su destino de desastres y, en apariencia, parece que le gusta sufrir porque de antemano sabe que ella será quien ponga más, quien ame más.
A Elsa se le enciende un pilotito rojo cuando ve aparecer a su prototipo masculino. A partir de ese momento siempre pierde la cabeza.
Cada vez que me cuenta un nuevo desastre me acuerdo de la copla andaluza que afirma: “Er libro de la esperensia/ no le sirbe al hombre e ná;/ ¡tiene ar finá la sentencia;/ y nadie yega ar finá!”