Las personas no son lo que afirman ser. Es su comportamiento quien las define. Digo esto porque un amigo me contó una historia insólita:
«Hace varios años me compré un apartamento. Aconsejado por mi madre decidí amueblar mi piso de soltero y busqué a X que se dedicaba a instalar muebles de una marca famosa. Los distribuía desde la misma fábrica y el coste era menor. Tras recibir unos catálogos y comentarlos que con mi madre y mis hermanas tomé la decisión.
X me hizo unas pocas sugerencias sobre mi pedido y a la semana se encontraba en mi nueva casa colocando el mobiliario. Satisfecho por el trabajo le di las gracias y le dije que esperaba la factura. Calculaba que el coste rondaría los 1.800 euros (entonces unas 300.000 pesetas).
Pasado algo más de un año me lo encontré en la calle. Nos saludamos cordialmente y tras una breve charla le dije que aún esperaba la factura. X me dijo que lo haría.
La siguiente vez coincidí con X en la parada de un semáforo. Nos saludamos desde nuestros automóviles. Le pregunté con un gesto. Y X me respondió con otro como diciendo, más adelante. Habían pasado cinco años».
Transcurridos diez años, mi amigo no ha pagado aún los muebles. Además se enteró de que igual que a él también les había pasado a otras personas.
Le pregunto sobre el tema y dice que sobre lo ocurrido tiene una teoría:
«Para mi X es una persona normal de cara a la sociedad. Tiene hijos, mujer, padre, madre, hermanos y familia política. Trabaja todos los días, vive sin grandes lujos integrado en la sociedad y disfruta de la vida como todo hijo de vecino. Pero tiene un secreto: es anarquista. Su revolución en contra del sistema es boicotearlo sin que nadie se dé cuenta».
noemi — 28-05-2006
la innombrable — 28-05-2006
Veva — 28-05-2006