Durante algún tiempo, cuando era niño, me preocupó la bomba atómica. Una bomba que si te caía encima no dejaba nada de ti, ni de tu familia, ni de tu casa, ni de tu pueblo. Una idea tan desintegradora era terrorífica para un pensamiento infantil porque borraba todo mi universo de afectos conocidos: calle, barrio, amigos y juego. Pasabas del todo a la nada en un momento.
Después supe que sólo se habían lanzado dos bombas atómicas contra la población en toda la historia, lo cual me alivió bastante y me apenó a la vez por todos los habitantes de esas ciudades que fueron borradas como un trazo de lápiz de una hoja de papel. Y que las había lanzado Estados Unidos algo que, definitivamente, me tranquilizó más.
A mí no me sorprendió tanto que los Reyes Magos fueran los padres, ni descubrir que los niños no venían de París o los traía la cigüeña. Tampoco fue traumático llegar a pensar que Dios no debe de existir. Lo que más frustración me causó fue descubrir la mentira del mundo que me contaron sobre buenos y malos.
la conciencia — 07-08-2006
noemi — 07-08-2006
tengo frío — 08-08-2006