Fue mi primer oficio, todavía niño, el de ayudante en una tienda de tejidos y ropa. Allí aprendí a hacer recados, liar telas, colocar las camisas en las cajas de donde habían salido, a llevar los maniquíes a la trastienda y poco más.
Ah, casi lo olvidaba: los dependientes de aquel gran almacén me enseñaron el doble fondo del vestuario de señoras.