Cuentan que el primer día que vieron entrar una bicicleta en aquel pueblo todos sus habitantes corrieron a encerrarse dentro de casa.
El hombre sorprendido al ver todas las puertas cerradas bajó de la bicicleta y la empujó mientras recorría las calles solitarias de la aldea. Se acercó hasta la fuente a refrescarse y aparcó el vehículo. Luego que hubo descansado subió a la bicicleta y se marchó por el otro extremo del pueblo.
«Hemos visto al diablo», contaban los lugareños unos a otros. «Venía subido en artefacto fabricado con dos cribas y una horca».