«La capacidad genérica lingüística está dada en nuestros genes, pero la lengua materna que hablamos depende de las oraciones que hablamos en nuestra infancia», afirma Jesús Mosterín.
Sin infancia y sin nadie con quien hablar, Adán se paseaba desnudo y solitario por el Edén. No tenía frío, no tenía hambre, no se ponía enfermo ni debía trabajar. Su único entretenimiento consistía en ponerle nombre a las cosas. Al árbol lo llamó árbol, a la fiera, fiera, al agua, agua y al cielo, cielo.
El problema vino porque a Adán le faltaba vocabulario ya que su padre no le enseñó a llamar sexo al sexo, mentira a la mentira, ni subversión a la subversión.