Cuando estudiaba biología era fascinante observar el mecanismo de la ameba por su sensata estrategia ante la vida. En ella se adivinaba la voluntad de un destino: atrapar cuerpos extraños hasta diluirlos en sí misma para continuar adelante.
Similar destreza para aquel corazón que hostigado por la dureza de algunos sentimientos extraños los fagocita hasta disolverlos en su interior y así puede latir a su ritmo.