A César Vallejo «le pegaban todos –me cuentan– sin que él les hiciera nada; le daban duro con un palo y duro también con una soga». Fieles testigos de esa infamia contra este ser humano fueron sin quererlo: «los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos…»
La membrana del corazón sólo debería dejar pasar por sus poros aquellas moléculas cargadas de afectividad y de cariño, por mucho que aumente la presión externa.